Slider

La mayor parte de las universidades en América Latina surgieron en la colonia basadas en el modelo de la Universidad de Salamanca, un modelo establecido por el papado del medioevo. En México, el primer claustro universitario data de 1536 bajo la égida eclesiástica; estuvo dirigida a la formación de sacerdotes y servidores de gobierno, una universidad señorial y clasista. Durante la ilustración se adoptaron modelos de Francia, lo que dio lugar al modelo de la Universidad Francesa Napoleónica. La universidad latinoamericana heredó sólo el modelo de escuela autónoma y, con ello, la supresión de la teología, lo que permitió el acceso a hijos de hacendados, de comerciantes y de funcionarios para cargos políticos. Después de esta reforma vinieron algunas otras, que resultaron en el acceso público a los estudios superiores.

Aún con las reformas y el acceso libre y gratuito a la educación pública, la desigualdad de oportunidades está mediada por las sociedades latinoamericanas, consideradas entre las colectividades más desiguales del mundo, donde la distribución de la renta es inequitativa; la brecha entre los más pobres y los más ricos es cada vez más amplia, son sociedades en las que etnia, pobreza y desigualdad educativa se asocian intrínsecamente. De esta manera, la exclusión o inclusión en las universidades latinas remite a las condiciones estructurales en las cuales se desarrollan los sistemas de educación superior.

En los últimos 4 años el gobierno mexicano invirtió más de 47.500 millones de pesos para mejorar la infraestructura de las escuelas, inversión que se consiguió con la cotización de bonos de deuda en la Bolsa Mexicana de Valores (BMV); sin  embargo, el dinero no basta para mejorar la educación del país. México aparece en el último lugar de desempeño en el aprendizaje de ciencias, lectura y matemáticas (OCDE, año), deficiencias que pretenden erradicar con las últimas reformas educativas que, lejos de tener éxito, han sido un fracaso anunciado, y el país sigue en el último lugar en la evaluación de la OCDE.

La Unidad Académica de Agronomía afronta un gran reto: definir qué tipo de profesional deberá formar para hacer frente a los grandes desafíos de la agricultura, la producción de alimentos suficientes y sanos, el agotamiento de los recursos, y el cambio climático. Aquel que sirva a la sociedad, a los que menos tienen o a los sistemas agroalimentarios globales.